Elcomercio /(AGENCIA LA VOZ) En marzo de este año, el líder militar de los talibanes en Afganistán, el mulá Dadullah, anunciaba el inicio de una gran ofensiva de primavera para la que contaba con 6.000 hombres dispuestos a convertirse en mártires. Por eso Gran Bretaña, Dinamarca y Australia se apresuraron a aumentar el número de tropas en ese país que ya cuenta con 50 mil soldados extranjeros, cuatro veces más que en el momento de la ocupación.
Unos días después era secuestrado, junto con su chofer y su traductor afganos, Daniele Mastrogiacomo, periodista del diario "La Repubblica". Tras el asesinato del chofer, Mastrogiacomo recuperó su libertad, pero el precio que tuvo que pagar el presidente afgano Hamid Karzai a cambio del periodista fue alto: la liberación de cinco jefes de guerra talibanes. Criticado internacionalmente por haber cedido a un chantaje de tal magnitud, Karzai prometió que sería la última vez que aceptaba un canje de prisioneros por rehenes.
Es en medio de ese conflictivo contexto que la iglesia presbiteriana coreana envía a 23 jóvenes e inexpertos misioneros a Afganistán. Presas codiciadas para los talibanes, no solo por su ingenuidad e inexperiencia (tienen entre 20 y 35 años), ni por querer implantar en el país una fe extranjera, sino porque, además, Corea del Sur es un aliado incondicional de Estados Unidos, tercera potencia militar en Iraq con 1.200 hombres y presente en Afganistán con 200 soldados.
De ultimátum en ultimátum los talibanes han empezado a matar a los rehenes uno por uno. Los primeros en morir asesinados son dos varones, el pastor Bae Hyung-ku, líder del grupo y Shim Sung min, un misionero. Las familias desesperadas hasta el agotamiento no cesan de rezar en el pequeño templo de Saemmul, a las afueras de Seúl, esperando una negociación que ponga por fin en libertad a los 21 rehenes que quedan.
Pero la suerte de los coreanos no está en manos de Karzai, imposibilitado de negociar con los talibanes, sino en las de Estados Unidos, enfrentado también a la disyuntiva de negarse a cualquier negociación con los talibanes y dejar morir a 21 jóvenes inocentes e inconscientes, ciudadanos --además-- de un país que es uno de sus principales aliados.
Los talibanes saben que con seis mil hombres, por muy mártires que sean, no podrán retomar Kabul si las fuerzas occidentales se mantienen allí. Por eso adoptan la estrategia clásica de desalentar a las potencias extranjeras haciéndoles pagar el precio por su presencia en suelo afgano.
El Gobierno de Seúl ha tenido que reconocer su impotencia: "No tenemos ninguna manera de influir en las decisiones del Gobierno Afgano", confesó el portavoz de la presidencia.
En Corea del Sur los mensajes por Internet y los periódicos de oposición no escatiman las críticas a su gobierno. ¿Si a pesar de su alianza con EE.UU. Seúl no tiene ninguna influencia sobre Washington, por qué debe obedecer ciegamente a Estados Unidos?, se dicen. Las negociaciones continúan, ahora directamente entre Seúl y los talibanes. Mientras tanto a los misioneros solo les queda ponerse en manos de Dios
lunes, 6 de agosto de 2007
Misioneros Evangelicos Sur coreanos en manos de Dios
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