lunes, 6 de agosto de 2007

Testimonio de una joven china cristiana

BEIJING.El Comercio / ( AGENCIA LA VOZ ) Wang Yijun es mi nombre chino. Nací un 23 de diciembre de 1983 --próspero año del Cerdo, según el zodiaco ancestral-- en la provincia de Fujian, célebre porque exporta chinos a todo el mundo. Pero volví a nacer en el 2003, cuando por fin conocí a Dios.
Tengo un hermano menor al cual debo llamar primo. Nació en el año del Tigre y se quedó con nosotros hasta que mis padres ya no pudieron esconderlo. Debido a que en China no está permitido tener más de un hijo por familia, Wang Zhaoyang nació como ilegal. Cada vez que alguien llegaba a casa, teníamos que ocultarlo en el clóset o en otra habitación. Mi madre le pidió que la llamara tía y no mamá frente a los extraños. Era muy pequeño y a veces se olvidaba.
Cuando creció, mis padres lo enviaron a vivir con unos familiares. Ya no había otro camino. Mi papá era funcionario local y estaba a cargo del programa de planificación familiar. Reconocer a un segundo hijo significaba perder el trabajo, ser expulsado del partido y pagar una fuerte multa. Mi padre amaba tanto a mi hermano que permitió que naciera. La noche que Wang Zhaoyang partió de nuestra casa, mis padres lloraron hasta el amanecer.
El tiempo se ha llevado nuestro secreto. Wang Zhaoyang y yo hemos comprendido que, por encima de todo, seguimos siendo hermanos. Como él estudia también en Beijing, una vez al mes nos reunimos para almorzar. Preferimos no hablar del pasado, nos invaden muchos silencios. Confieso que no estoy de acuerdo con la aplicación de la política del hijo único, aunque comprendo que fue necesaria en su momento. Pero insisto en que hay otras formas menos crueles de controlar la población.
VIDA CRISTIANATenía 20 años cuando recién empecé a vivir. En el 2003 estaba convencida de que me esperaba un futuro inmejorable. Estudiaba Relaciones Internacionales en la Universidad de Beijing, la mejor del país. Militaba en el Partido Comunista, como la mayoría de mis compañeros de clase. Era parte de una élite estudiantil que es educada para renovar los cuadros. Sabía perfectamente que, tras la graduación, ocuparía algún prometedor cargo en el Gobierno, y de allí rumbo a la cúpula, el sueño de todos los estudiantes de política en China.
Y, entonces, algo cambió. Ese mismo año llegaron tres nuevos profesores estadounidenses a la universidad. Dos de ellos enseñaban inglés y el otro, Derecho Internacional. Nunca hablaban de su fe durante las clases, pero irradiaban mucha paz y alegría. Miraban la vida de forma distinta. Me inquietaba saber de dónde provenía tanto optimismo. Les pedí que me hablaran de su fe.
Una tarde me presentaron a sus familias. Me recibieron con tanto amor que al principio me sentí extraña. Empecé a notar detalles muy diferentes. Valoraban la vida humana y parecían estar realmente muy unidos. Me invitaron a las reuniones de la Iglesia Protestante y asistí. Allí escuché por primera vez que "dar es mejor que recibir". Conocí a Dios a través de los actos de estas personas. Unos meses después me convertí al cristianismo.
Cuando se los conté a mis padres, estaban muy sorprendidos, pero aceptaron mi decisión, aunque no la comprendieron. Para muchos chinos, ser cristiano es lo mismo que pertenecer al Falun gong, una secta tachada de diabólica. A mi familia le preocupaba que el cristianismo me alejara de mi cultura, pero eso no ha pasado. Creo que me ha hecho mejor persona y mis padres lo han notado.
Con mis amigos pasó algo distinto. "¿Cómo puedes creer en una religión extranjera? ¿Has olvidado que eres china?", me decían. Y yo les contestaba que el budismo también es importado, aunque los chinos pensamos que es nuestro. Simplemente no entendían. Algunos me acusaron de haber traicionado a mis ancestros.
RENUNCIA AL PARTIDOEn China, renunciar al Partido Comunista es casi un suicidio. Durante un año, la idea me dio vueltas por la cabeza. No podía dormir. A medida que conocía más a Dios, se me hacía más difícil acudir a las reuniones partidarias y, sobre todo, escribir los reportes mensuales. Ya no podía seguir diciendo que el partido era lo primero en mi vida y que no existía ningún otro dios. Un día me armé de valor y presenté mi carta de renuncia.
Fue todo un escándalo. Uno a uno, y de forma ascendente, desde el líder de mi grupo hasta un alto dirigente de la universidad, intentaron convencerme de que estaba cometiendo el mayor error de mi vida y que lo iba a lamentar. Nadie renuncia al Partido Comunista en China. Lo expulsan.
Pero yo insistía en que era cristiana, lo cual está prohibido para un comunista. "A pesar de que voy a renunciar, sigo amando China con todas mis fuerzas", les expliqué. Ellos me contestaron que el Partido Comunista es China. Si renuncias al partido, renuncias al país.
Trataron de intimidarme contándome el caso de una alumna de mi universidad que intentó abandonar el partido. Pero se dio cuenta de su equívoco cuando recordó que un hecho tan grave como este, aparecería en su expediente. (Todos tenemos un expediente en China). Y que sin importar dónde vaya o lo que haga, su renuncia la perseguiría por siempre. Era una gran ofensa.
Cuando mis compañeros de clase se enteraron, me llamaron desde loca hasta estúpida. Mis amigas más cercanas me confesaron que ellas tampoco creían ni en el comunismo ni en el partido, pero que la membresía era vital para impulsar sus carreras y triunfar en la vida. "Sigue practicando tu fe en secreto, pero continúa siendo miembro del partido", fue el consejo que recibí. Igual renuncié.
LUZ EN EL HORIZONTELos meses que siguieron fueron los más duros, pero el amor de Dios me dio una fortaleza y una tranquilidad que nunca antes había experimentado. A pesar de que me había quedado sola y con un futuro incierto, nunca me arrepentí. Después de meditarlo mucho, opté por salir del país, al menos por un tiempo. La Universidad de Nueva York me dio una beca completa para estudiar un doctorado. Cuando una puerta se cierra, muchas otras se abren.
Allí, buscaré especializarme en trabajo social con mujeres y niños. Pero me interesa trabajar en una organización internacional o una ONG donde no tenga que sacrificar mi fe. Me gustaría desarrollar proyectos o participar en programas que se apliquen en China. No puedo desvincularme de la realidad de mi país.
Y también me ilusiona pensar que quizá en un futuro, podré tener un esposo, muchos niños, varios perros y una casa grande llena de amor, bendecida por Dios. Como ves, es un sueño muy común a mi edad. Pero en China es un sueño imposible de cumplir.
LOS HERMANOS JAPONESESMuchas veces me han preguntado por qué los jóvenes chinos odiamos tanto a los japoneses. Creo que no es culpa de los jóvenes, el partido nos enseña a odiarlos desde que somos muy pequeños. Después de las manifestaciones de Tiananmen, en 1989, el Gobierno utilizó Japón para unir a la juventud china contra un enemigo histórico común. De esa manera, olvidarían pronto los reclamos contra sus propios dirigentes. "Si amas a China, odias a Japón", fue el lema. Pero no era amor al país, sino al partido lo que reclamaban. En las escuelas nos obligan a ver las películas sobre las atrocidades que cometieron los japoneses contra los chinos durante la guerra. Como éramos niños, llorábamos mucho y reclamábamos justicia. "No había que temer, siempre estaría el partido para rescatarnos", era la enseñanza final. Esos documentales eran tan fuertes que hasta los adultos lloraban, aunque el Gobierno consideraba que encendía nuestro patriotismo. Odiar a los japoneses se convirtió en un mal hábito de los chinos. Lo curioso es que muchos jóvenes experimentan sentimientos encontrados. A varios chinos les gusta el manga, la moda, las películas, el arte, la música y otras manifestaciones de la cultura japonesa. Pero esconden estos gustos para no ser acusados de traidores. Y entonces repiten lo mismo que escucharon desde que son niños.
CLAVESConversiones4 Según estadísticas del Consejo Cristiano de China, el número de protestantes chinos superó los 16 millones, unos seis millones por encima de los datos registrados hace diez años, aunque otras fuentes extraoficiales duplican la cifra.
4 Actualmente existen 55.000 centros de reunión, 36.000 religiosos, incluyendo 3.700 pastores y asistentes, así como presbíteros y evangelizadores. El número de trabajadores seglares ha alcanzado la cifra récord de 100.000.

 
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