viernes, 8 de febrero de 2008

Un joven creció en circunstancias difíciles, pero hoy es una excelente persona. ¿Cómo sucedió eso?


Dr. James Dobson



EE.UU-. ( AGENCIALAVOZ.COM ) Esto ilustra bien la idea que he estado tratando de presentar. Ni la herencia ni el ambiente son responsables de toda la conducta humana. Hay algo más, algo que viene de adentro, que también opera para hacernos lo que somos. Sencillamente, hay comportamientos que son causados, y hay otros que no.


Por ejemplo, hace varios años, cené con dos padres que habían “adoptado” extraoficialmente a un niño de trece años. Aquel jovencito había seguido al hijo de ellos hasta su casa una tarde y había preguntado si podía pasar allí la noche. Por fin resultó quedándose casi una semana, sin que se recibiera ni siquiera una llamada telefónica de la madre. Más tarde se supo que ella trabaja dieciséis horas diarias y no tiene interés en su hijo. Su esposo alcohólico se divorció de ella hace varios años y se marchó de la ciudad sin dejar rastros. Durante buena parte de su vida, el niño había recibido abusos en lugar de amor, y no le habían hecho el menor caso.
Con estos antecedentes, ¿qué clase de muchacho cree usted que es él hoy? ¿Un adicto a las drogas? ¿Un delincuente mal hablado? ¿Un vago insolente? No. Es educado con los adultos; trabaja duro; saca buenas notas en la escuela y le gusta ayudar en la casa. Es como un cachorro perdido que se siente desesperado por tener un buen hogar. Le suplicó a la familia que lo adoptara oficialmente, para poder tener un verdadero padre y una madre amorosa. A su propia madre no le importó en absoluto.
¿Cómo era posible que aquel adolescente fuera tan disciplinado y tuviera tan buenos modales a pesar de su falta de adiestramiento? No lo sé. Sencillamente, lo lleva dentro. Me recuerda a mi gran amigo David Hernández. David vino ilegalmente de México a Estados Unidos con sus padres hace más de cincuenta años, y casi se mueren de hambre antes de hallar un trabajo. Por fin sobrevivieron ayudando en las cosechas de papas del estado de California. Durante ese tiempo, David vivió bajo los árboles o a cielo abierto. Su padre hizo un fogón con un tanque vacío de petróleo al que llenó de tierra por la mitad. Aquella fogata era el centro de su hogar.
David nunca vivió bajo techo hasta que sus padres se mudaron por fin a un gallinero abandonado. La madre cubrió las paredes de tablas con papel barato, y a David le pareció que estaban viviendo en medio del lujo. Entonces, un día el ayuntamiento de San José clausuró aquella zona y echaron abajo la “casa” de David. Él no podía comprender por qué la comunidad había decidido destruir un lugar tan elegante.
Teniendo en cuenta estos comienzos, ¿cómo podemos explicar el hombre en el que se convirtió David Hernández? Se graduó entre los mejores alumnos de su clase en la escuela secundaria y le concedieron una beca para los estudios universitarios. Una vez más, sacó notas altas y cuatro años más tarde ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Loma Linda. De nuevo se colocó entre el diez por ciento superior de su clase y continuó estudiando como residente en obstetricia y ginecología. Finalmente, llegó a ser profesor de ambas especialidades en las facultades de medicina de la Universidad de Loma Linda y la del Sur de California. Entonces, hallándose en la cima de su carrera, su vida comenzó a deshacerse. Nunca olvidaré el día en que el doctor Hernández me llamó por teléfono. Lo acababan de dar de alta del hospital después de una serie de pruebas de laboratorio. ¿Cuál fue el diagnóstico? Colangitis esclerosante, una enfermedad del hígado que en aquellos tiempos era invariablemente mortal. Seis años más tarde perdimos a este esposo, padre y amigo excelente, a los cuarenta y tres años de edad. Yo lo quise como a un hermano, y lo sigo echando de menos aún hoy.
Pregunto de nuevo: ¿Cómo es posible que salgan una disciplina y un genio así de unas circunstancias tan estériles? ¿Quién se habría imaginado que aquel desamparado niño mexicano, sentado sobre el suelo y al aire libre se convertiría algún día en uno de los cirujanos más amados y respetados de su época? ¿Dónde nació su motivación? ¿De qué burbujeante manantial brotaron sus aspiraciones y su sed de conocimientos? No tenía libros, no hizo ningún viaje educativo y no conocía erudito alguno. Sin embargo, se propuso metas muy altas. ¿Por qué le pasó todo esto a David Hernández, y no al joven que tiene todas las ventajas y las oportunidades?
¿Por qué hay tantos hijos de padres prominentes y amorosos que han crecido en circunstancias ideales, sólo para rechazarlas más tarde y cambiarlas por las calles de Atlanta, San Francisco o Nueva York? Simplemente, no hay ninguna buena respuesta disponible. Al parecer, todo se resume a esto: Dios decide usar a cada persona de una manera exclusiva. Más allá de esa misteriosa relación, sólo podremos llegar a la conclusión de que hay algunos niños que parecen haber nacido para triunfar, y otros que parecen destinados al fracaso. Alguien me recordó hace poco que la misma agua hirviendo que ablanda la zanahoria, es la que endurece al huevo. De manera similar, hay algunas personas que reaccionan de forma positiva ante ciertas circunstancias, mientras que otras lo hacen de manera negativa. No sabemos por qué.
A partir de este entendimiento, me parece que hay dos cosas claras. La primera es que los padres se han apresurado demasiado a atribuirse el mérito o la culpa por la forma en que salen sus hijos. Los que tienen unos jóvenes superestrellas brillantes sacan el pecho y dicen: “Mira lo que hemos logrado”. Los que tienen hijos torcidos e irresponsables se preguntan: “¿Cuándo fue que nos equivocamos?” Lo cierto es que ninguna de las dos posiciones es totalmente exacta. Nadie niega que los padres desempeñen un papel importante en el desarrollo y el adiestramiento de sus hijos. Sin embargo, ellos sólo son una parte de la fórmula que determina cómo está formado un adulto joven.
La segunda es que los científicos que estudian el comportamiento humano han sido demasiado simplistas en sus explicaciones sobre la conducta de las personas. Somos algo más que la simple suma de nuestras experiencias. Somos más que la calidad de nuestra nutrición. Somos más que nuestra herencia genética. Somos más que nuestra bioquímica. Y ciertamente, somos más que la influencia de nuestros padres. Dios nos ha creado como personas únicas, capaces de un pensamiento independiente y racional que no se puede atribuir a fuente alguna. Eso es lo que convierte la tarea de ser padres en algo tan exigente y provechoso a la vez. En el mismo momento en que le parecía que había llegado a entender a sus hijos, algo sucede y... ¡a agarrarse fuerte! Aparece algo nuevo.

 
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