EE.UU-. ( AGENCIALAVOZ.COM ) Allyson Felix tiene 22 años y va a la iglesia todos los domingos. Después alarga la mañana en la iglesia impartiendo una hora de escuela dominical a niños de cinco y seis años, antes de comer con sus padres, un predicador y una maestra, su novio, un corredor de 400 vallas, y su hermano mayor, que fue atleta antes que ella.
Juega a los bolos con su chico antes de cenar, temprano, temprano, con sus amigas. Después, a la cama. A soñar pronto, que hay que madrugar.
Vive en Santa Clarita, 50 kilómetros al norte de Hollywood, Estados Unidos, en una urbanización de casas de estilo toscano, estuco rosa, tejas curvas de cerámica, cipreses y arbustos en la calle de los que surge música chill-out por los altavoces enterrados entre la vegetación. A no más de 500 metros de la casa de sus padres. Tiene un Mercedes deportivo blanco, más apropiado a su edad y mentalidad que el Mercedes sedán gris de sus progenitores. Uno pasea por su barrio, tan limpio, tan aseado, con vecinos sonrientes paseando camino del mall.
Vive en Santa Clarita, 50 kilómetros al norte de Hollywood, Estados Unidos, en una urbanización de casas de estilo toscano, estuco rosa, tejas curvas de cerámica, cipreses y arbustos en la calle de los que surge música chill-out por los altavoces enterrados entre la vegetación. A no más de 500 metros de la casa de sus padres. Tiene un Mercedes deportivo blanco, más apropiado a su edad y mentalidad que el Mercedes sedán gris de sus progenitores. Uno pasea por su barrio, tan limpio, tan aseado, con vecinos sonrientes paseando camino del mall.
“El escepticismo”, comenta su padre, Paul, profesor de griego antiguo en un seminario metodista, “es algo con lo que estamos acostumbrados a vivir”. Lo dice en el salón de su casa, sentado en un sofá blanco, blanco. A su derecha, su hija; a su izquierda, su hijo; en una silla, su madre; en las paredes, fotos de los momentos más importantes de sus vidas y las de sus hijos, cuadros naïf, figuritas tipo Lladró que representan los bancos de una iglesia, los congregantes, el pastor…
Sobre una mesita, las cajas con las medallas que Allyson no ha querido llevarse a su casa. La plata de los 200 metros en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, el oro en los 200 metros del Mundial de Helsinki 2005, conseguido a los 19 años y 267 días –la única teenager de la historia que lo logró–, y los tres oros del Mundial de Osaka 2007. En un estante, media docena de tomos de recortes de prensa: la historia de la carrera atlética de su hija, una niña prodigio que a los 14 años, cuando ya la apodaban chicken legs por la delgadez y la longitud de sus interminables piernas, comenzó a batir todos los récords de velocidad y a borrar de los registros a Marion Jones. “Los años”, cuenta su madre, Marlean, “en que me sobresaltaba mientras cocinaba porque oía su nombre por la tele, los años en que estaba tan orgullosa de ella porque era capaz de compaginar la dureza de los entrenamientos con los estudios”.
A los 17 años, cuando se convirtió en profesional del atletismo, le ofrecieron un contrato de un millón de dólares con Adidas. El año anterior a los Juegos de Atenas, sus padres sólo le pusieron una condición: seguir estudiando. Hace apenas 15 días se graduó en la Universidad del Sur de California (30.000 dólares al año), a dos patadas del Coliseum de Los Ángeles, el estadio olímpico de los Juegos de 1932 y 1984 de donde ha desaparecido la pista de atletismo en beneficio del césped del campo de fútbol americano. Allyson estudió magisterio, como su madre, y como ella, su vocación es convertirse en profesora de primaria.
Allyson Felix, la nueva reina de la pista, quiere ganar cuatro títulos olímpicos en Pekín: en los 100 y en los 200 metros, en el relevo corto y en el largo. Conociendo su capacidad, su carácter competitivo –el rasgo de su personalidad que más destaca su madre– y sus marcas, no se trata en absoluto de un objetivo fuera de su alcance. Si el calendario de las pruebas le hubiera venido bien, Felix, que ha bajado de los 11 segundos en los 100 metros, de los 22 en los 200 y de los 50 en los 400, podría haberse planteado incluso el asalto a cinco oros como cinco aros, incluyendo en el menú los 400 metros.
Mientras todo su grupo rezonga, remolonea y busca escaquearse, Felix, la enorme sonrisa siempre partiéndole la cara en dos, no para de exigir más tareas, que cumple con la máxima eficacia. Ayudando a Kersee a manejar el rebaño, sentada en una gran pista de cámping, Valerie Brisco-Hooks observa satisfecha. El nombre de Brisco-Hooks figura tres veces grabado en la entrada del Memorial Coliseum de Los Ángeles como ganadora de tres oros, en 200 metros, 400 y relevo 4×400. Pero, aun compartiendo objetivos, es la anti-Felix. “Yo era gorda y potente en 1984”, dice Brisco-Hooks, gordísima y potentísima ahora. “Y Felix es todo lo contrario. Su estilo engaña, de todas formas. Corre como una gacela, pero tiene la fuerza de un león. Esa niña engaña…”.
¿Engaña? ¿Hemos oído bien?
“Pues claro que no”, responde, más seria, Felix. “Me siento responsable, quiero ser un modelo para los jóvenes, para los niños, eso es imporTante para mí”.
¿Engaña su hija? “Por supuesto que no”, responde el bíblico Paul Felix. “Nuestra mayor alegría es saber que ella camina por la verdad”.
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